La bóveda era inmensamente grande. Las estanterías eran tan altas que parecían anhelar tocar al cielo. Pero, ¡quién no ha deseado alguna vez tocar el cielo!
La sala estaba envuelta en una atmósfera inquietante, a la par que apacible. La niebla rodeaba cada rincón de aquella habitación. A pesar de mi confusión, me sentí tan bien entre esos libros…, y eso que no solía leer, pero el ambiente era tan apacible, ¡tan sosegado!
Empecé a transitar por aquellos extensos pasillos, y me fui perdiendo poco a poco entre esos libros, como si se tratara de un laberinto.
Los ventanales, tan bellamente decorados por vidrieras, dejaban entrar una tímida luz, tan tenue, que parecía desaparecer paulatinamente. Tan tenue, que no conseguía mitigar aquella niebla. ¡Ay, aquella confusa niebla!
De repente, mi mirada descendió de un rayo de sol procedente de aquellas divinas vidrieras, a una mesa que se encontraba al fondo de la habitación, así que, con curiosidad, me dirigí hacia ella. Pero: <<¡Ay!>>, grite al ver frente a mí una cucaracha. <<¡Qué repugnante por Dios, qué repugnante!>>, pensé atemorizada. Iba a pisarla, pero…<<¿Te imaginas ser una cucaracha?>>, me pregunté a mí misma. <<¡Sí!, despertarte por la mañana y ser una cucaracha. Tener unas asquerosas antenas, unas asquerosas patas, ¡un asqueroso cuerpo! ¡Oh, Dios mío qué calamidad! ¡Ya tiene suficiente con existir y tener que soportar, cada día, vivir en ese cuerpo! Creo que esa es ya suficiente desgracia. La dejaré vivir.>>
Así pues, me dispuse a guiar mis pasos nuevamente hacia la mesa. Cuando llegué, los rayos del sol rozaron mis pestañas como si fuesen dedos deseosos de cerrar mis párpados suavemente. La niebla negra se disipó. Sentí como si hubiera encontrado la salida de aquel laberinto, como si hubiera llegado al fin del camino.
Encima de la mesa había un libro. No tenía nombre, de hecho, ni tenía palabras. Sus hojas estaban en blanco, pero me percaté de había una página marcada por una carta, por la reina de corazones. ¡Sí, sí!, ¡por la reina de corazones! Así que abrí el libro por la página marcada y vi que había un poema escrito:
<<Sólo vivo yo
cuando tú me lees.
Me muero, si no.>>
<<Sí, la verdad es que tiene razón>>, pensé. <<Un libro sólo vive cuando alguien, al leerlo, le da vida. Un libro sin el lector no es nada, está muerto. Todos estos libros están muertos sin personas, que como yo, les den vida. ¡Los libros están hechos para personas vivas!>>
Seguí con mi reflexión hasta que poco a poco, fui cayendo en un sueño profundo. Al rato, abrí los ojos. Me encontraba en mi cuarto. ¡Me encontraba en mi cama! <<¡Oh, todo era un sueño!>>, me dije. <<¡Pero qué bello sueño! ¡Aquellas estanterías, aquellas vidrieras! ¡Qué bello sueño!>>
Me levanté de un salto de la cama y fui a mi estantería. Una vez allí, cogí el primer libro que vi para leerlo, para darle vida, para darme vida. Curiosamente, ese libro fue, El nombre de la rosa.
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