Sigo viva.

•15 abril, 2012 • 1 comentario

Hace muchísimo que no me pasaba por aquí y es principalmente por mis estudios. Estoy en cuarto año de carrera y no tengo demasiado tiempo para escribir con tantos trabajos y tanta cosa. Empecé a escribir un poemario de sonetos a principio de curso, y aunque tengo varios ya, no he podido avanzar últimamente por lo que os he dicho. Incluso sé que en el poemario quiero ilustraciones y he hablado ya con varios amigos míos por si les interesa y me han dicho que sí.

Espero que el curso acabe pronto y para verano pueda terminar el poemario completo, que de verano ya no pasa. Por eso me esfuerzo todo lo posible para llevar el curso bien y tener el verano libre. Hoy recito varios poemas en un bar del centro de Málaga (varios poemas antiguos que tenía aquí), por eso me he acordado y he pensado en escribir una entrada.

Sin nada más, espero que este dantesco curso acabe ya. Un saludo.

TANTO TIENES, TANTO VALES.

•3 agosto, 2011 • Dejar un comentario

La avaricia del hombre es insospechada. No se sabe hasta dónde puede llegar ni dónde están sus límites. El hombre está tan unido a los objetos materiales, que incluso subordina otras cosas, a mi parecer, más importantes, a la consecución de esos objetos tan perecederos.

La acumulación de bienes siempre ha sido un símbolo de poder. Los personajes más poderosos de la historia tenían un gran número de bienes, ya que esto, era todo un símbolo de distinción, y para que esa distinción se hiciera patente, mandaban construir edificios gigantescos como pirámides; grandes palacios; o actualmente, viviendas de lujo; como muestra del gran poder que tenían.

¿Pero todo esto ha cambiado en la actualidad? Para nada. Sigue dándose ese afán acumulativo en la sociedad actual. Es lógico si tomamos conciencia de que nos encontramos ante una sociedad consumista. Las nuevas tecnologías potenciado bastante este afán consumista, ya que diariamente nos bombardean en televisión, Internet…etc., con numerosos anuncios cuya principal y única intención es inducirnos a consumir. Resulta sorprendente que después de tanto tiempo, sigamos anclados en esta visión tan primitiva que relaciona el poder acumulativo con el poder real de la persona.

Ya hace muchísimo tiempo, los estoicos nos advertían de que los bienes materiales eran perecederos, y que no debíamos anclarnos a ellos porque en cualquier momento podían desaparecer. Parece que nuestra sociedad no es muy aficionada a la cultura clásica, ya que es presa del fetichismo más absoluto y es incapaz de elevarse por encima los bienes materiales y alcanzar la libertad, que no es otra cosa que tenerse a sí mismo. Carecemos de tanta personalidad que podemos tener muchas cosas, pero no somos capaces de tenernos a nosotros mismos.

LLUVIA DE PALABRAS CON LA “E”.

•30 julio, 2011 • 1 comentario

Quererte y quererte, y perderte. No puedo beber y calmar mi sed. Por eso inventé el “vente” en mi mente, por eso reinventé mi suerte. Y es que sin verme, ya no te desvaneces, sólo te me apareces miles de veces. Vete, no quiero verte, quiero tenerte, y retenerte. Ven y detenme, que quiero verte. Refrené tus besos, frené en seco. Deber de creer en el presente. Ese es el germen del reponerse y está en mi vientre. Invierte en él, ¡diviértete, arrepiéntete! Ven, desdén, devén. Debes retroceder, ceder. Septiembre quiere aparecer en mi vergel, quiere verme envejecer. Ser o no ser, o envejecer, o perecer. ¡Es lo que es!

FRUTA FRESCA.

•22 junio, 2011 • Dejar un comentario
De la dulzona pulpa de tu boca
y que a tus labios les da su sabor
emana tu mensaje atronador
que lágrimas de pesadumbre evoca.
 
¡Y lejos, en la nada, desemboca!
Al mar dirijo entonces mi clamor.
Las olas perdiendo su resplandor     
se precipitan contra esa gran roca.
 
Perdiéndome en un mar de decepciones
al recordar tus besos afrutados
que provocan en mí tantas pasiones.
 
Besar los labios antes ya besados
manzana de mis rojas perdiciones
¡hoy deliciosos hechos caducados!

LLUVIA DE PALABRAS CON LA “A”

•8 mayo, 2011 • Dejar un comentario

Me atas a tu garganta, me lanzas balas. Calada a calada alcanzas la calma. Al mar en calma le cantas, rajas tu garganta.  Hartas, aplastas mis ganas. Llenas de dramas las carcajadas. Me desagradas. Alargas mi cara, desgracias mi gracia. Clamas al drama y así no me ganas. Mi trama es como una telaraña. Mis pasos arrastran, arañan. Plasmar el alma no es ningún drama. Plasmar lo que me llama, lo que me da la gana. La rama agitada por la ráfaga, la leña quemada. Huele a hoja reciclada plagada de plagas. ¡Pajarracas, marchad! Caminad hacia ningún lugar. En mi cama faltas, fallas. La llama en tu mirada apagada, finiquitada, subordinada. Quítala de mi cara. Telepática tuerca que me penetra y me deja hueca. Muñeca sin Meca, sin meta. Marioneta repleta de historietas. Inquieta y llena de grietas. Completamente incompleta.

SÓLO VIVO YO, CUANDO TÚ ME LEES.

•8 mayo, 2011 • Dejar un comentario

La bóveda era inmensamente grande. Las estanterías eran tan altas que parecían anhelar tocar al cielo. Pero, ¡quién no ha deseado alguna vez tocar el cielo!

La sala estaba envuelta en una atmósfera inquietante, a la par que apacible. La niebla rodeaba cada rincón de aquella habitación. A pesar de mi confusión, me sentí tan bien entre esos libros…, y eso que no solía leer, pero el ambiente era tan apacible, ¡tan sosegado!

Empecé a transitar por aquellos extensos pasillos, y me fui perdiendo poco a poco entre esos libros, como si se tratara de un laberinto.

Los ventanales, tan bellamente decorados por vidrieras, dejaban entrar una tímida luz, tan tenue, que parecía desaparecer paulatinamente. Tan tenue, que no conseguía mitigar aquella niebla. ¡Ay, aquella confusa niebla!

De repente, mi mirada descendió de un rayo de sol procedente de aquellas divinas vidrieras, a una mesa que se encontraba al fondo de la habitación, así que, con curiosidad, me dirigí hacia ella. Pero: <<¡Ay!>>, grite al ver frente a mí una cucaracha. <<¡Qué repugnante por Dios, qué repugnante!>>, pensé atemorizada. Iba a pisarla, pero…<<¿Te imaginas ser una cucaracha?>>, me pregunté a mí misma. <<¡Sí!, despertarte por la mañana y ser una cucaracha. Tener unas asquerosas antenas, unas asquerosas patas, ¡un asqueroso cuerpo! ¡Oh, Dios mío qué calamidad! ¡Ya tiene suficiente con existir y tener que soportar, cada día, vivir en ese cuerpo! Creo que esa es ya suficiente desgracia. La dejaré vivir.>>

Así pues, me dispuse a guiar mis pasos nuevamente hacia la mesa. Cuando llegué, los rayos del sol rozaron mis pestañas como si fuesen dedos deseosos de cerrar mis párpados suavemente. La niebla negra se disipó. Sentí como si hubiera encontrado la salida de aquel laberinto, como si hubiera llegado al fin del camino.

Encima de la mesa había un libro. No tenía nombre, de hecho, ni tenía palabras. Sus hojas estaban en blanco, pero me percaté de había una página marcada por una carta, por la reina de corazones. ¡Sí, sí!, ¡por la reina de corazones! Así que abrí el libro por la página marcada y vi que había un poema escrito:

<<Sólo vivo yo
cuando tú me lees.
Me muero, si no.>>

<<Sí, la verdad es que tiene razón>>, pensé. <<Un libro sólo vive cuando alguien, al leerlo, le da vida. Un libro sin el lector no es nada, está muerto. Todos estos libros están muertos sin personas, que como yo, les den vida. ¡Los libros están hechos para personas vivas!>>

Seguí con mi reflexión hasta que poco a poco, fui cayendo en un sueño profundo. Al rato, abrí los ojos. Me encontraba en mi cuarto. ¡Me encontraba en mi cama! <<¡Oh, todo era un sueño!>>, me dije. <<¡Pero qué bello sueño! ¡Aquellas estanterías, aquellas vidrieras! ¡Qué bello sueño!>>

Me levanté de un salto de la cama y fui a mi estantería. Una vez allí, cogí  el primer libro que vi para leerlo, para darle vida, para darme vida. Curiosamente, ese libro fue, El nombre de la rosa.

QUIZÁS LOS RONCOS ÁRBOLES ME ESCUCHEN.

•1 abril, 2011 • 3 comentarios
Quizás los roncos árboles escuchen
el hueco y seco tono de mi voz.
Quizás el sentimiento más atroz
sea aquel que no se oiga ni se escuche.
 
Quizás entre sus ramas agrietadas
encuentre cobijo mi corazón.
Quizás me alivien de esta desazón
a la que siempre he estado desterrada.
 
Y mira, ¡el viento clama y me reclama!
Sin más razón que la de que lo escuche.
Sin otro parecer que el de que luche.
 
El monte allá a lo lejos se dispersa,
y entre las nubes vuelan mis ideas.
¡Quizás los roncos árboles me escuchen!
 
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